Desencuentros

“Revuelvo la mirada y a veces siento espanto cuando no encuentro el camino que a ti me ha de tornar....”; aunque fue la Patria y no la ciudad de Panamá la que inspiró a Miró, esos son los versos que recuerdo cuando veo, consternada, como paulatinamente desaparece aquella ciudad que un día, ya lejano, fue llamada la Tacita de Oro. Muchos males parecen haberse enseñoreado de las calles: el ruido, la suciedad, la agresividad de los automovilistas, el vandalismo contra el mobiliario urbano, la falta de respeto por los espacios que son públicos y el desparpajo de aquellos que actúan con absoluto desprecio por el derecho de los demás.

Una ciudad que se quiere cosmopolita y abierta a propios y extraños nunca podrá ser un jardín versallesco, por custodiada y silenciosa, pero tampoco está condenada irremediablemente a la inmundicia, el caos, la violencia y el ruido. Está claro que es posible compaginar calma y diversión, silencio y ocio, derecho y obligación, mezcla e identidad. Ahora se trata de poner sobre el tapete el modelo de ciudad que hemos permitido con nuestra apatía. ¿ Que ciudad estamos gestionando a través de nuestra propia idiosincrasia los panameños?.

Los desencuentros surgen por doquier entre quienes piensan que la ciudad es su propia casa, y aquellos que insistimos en pensar que es la casa de todos y que precisamente por ello debe primar la tolerancia, el acuerdo, el respeto y la consideración. Contra toda posible convivencia armoniosa y pacifica vemos a los que actúan como diciendo “la calle es mía”, y los hay de todo tipo.

Los que más irritan y atentan contra la tranquilidad de espíritu, e incluso contra la productividad, son los chillones. Los llamo así porque me recuerdan a los que sin razones de su parte, utilizan los gritos y la violencia para imponer su criterio sobre los demás. Cerca de casa, por ejemplo, todos los que en el barrio pretendemos descansar, trabajar o estudiar nos vemos cada viernes y sábados invadidos literalmente por las melodías y risas estridentes provenientes de emisoras de radio que, imagino creyendo hacernos un regalo a los ciudadanos, colocan gigantescos parlantes, en las veredas, en el cruce de dos importantes avenidas, irradiándonos así sus ondas hertzianas hasta la circunvalación mas profunda de nuestro sufrido cerebro. No podemos olvidar las inútiles alarmas contra el robo de automóviles que nadie atiende cuando suenan; ni a los juerguistas que festejan sin consideración a la tranquilidad de los vecinos, ni se ocupan de sus furiosos canes que ladran, sin motivo, la noche entera. Ni, por supuesto, olvidamos a los automovilistas que –en la mejor representación de Hulk-, se transforman al tomar el volante y manejan agresivamente tocando permanente la bocina estresando y atentando contra la salud de todos. ¿Ellos y las autoridades de salud y de tránsito sabrán que según un estudio elaborado recientemente por la Universidad de Panamá el promedio de ruido en la ciudad es de 74 decibelios, sobrepasando los 70 decibelios que establece como limite de tolerancia la Organización Mundial de la Salud (OMS)?.

Pensamos también en aquellos que atentan contra la estética visual, colgando, sin ton ni son, y en frenética y desordenada competencia por acaparar cada poste, muro e incluso pedazo de cielo libre sobre nuestras agobiadas cabezas, letreros, pancartas políticas y anuncios comerciales que, sin lugar a dudas, ganarían premios al mal gusto. Merecen especial mención aquellos que en un alarde de atrofiado gusto psicodélico pintan las fachadas de los centros comerciales de amarillo mostaza, azul añil o naranja furioso, sin importarles que contaminan el entorno y afean nuestra ciudad irremisiblemente.

Y, que decir de los que se apropian de aceras, bulevares y espacios públicos para lograr beneficio propio, dejando de lado el interés publico, olvidando que a fin de cuentas están “escupiendo al cielo”, pues están construyendo una ciudad anárquica, fea y expulsora de las mejores personas que, como es lógico, se sienten atraídas por ciudades tranquilas, limpias, hermosas y organizadas. O de aquellos inversionistas que impulsan cambios de densidad en barrios enteros, con el beneplácito de las autoridades que permiten excesos de densidad profundizando ya problemas existentes como carencia de infraestructura vial, de agua, alcantarillados, eléctrica y de áreas verdes, convirtiendo así la ciudad en un mercado caótico donde los ciudadanos hemos perdido calidad de vida y las posibilidades de convivencia enriquecedora y pacifica.

Espero que los las autoridades, sobre todo aquellas que pretenden gobernarnos a partir de septiembre de 2004 se propongan dar la cara a estos problemas. No hay soluciones milagrosas ni campañas definitivas en ese tipo de cuestiones que dependen tanto de la voluntad de cada ciudadano como de una buena o mala gestión de las autoridades. Por ello, es tiempo de empezar a ejecutar los reglamentos existentes y a impulsar un profundo proceso de planificación urbana que a fin de cuenta son los instrumentos que permiten velar por que los derechos de todos no se vean alterados por unos pocos inciviles.

Aunque hoy amanecí de un talante un poco quejumbroso, prefiero seguir creyendo que la casa es de todos y que aun podemos remozarla y engalanarla, respetando los derechos de la colectividad. Con lo escrito solo aspiro a que recordemos a tiempo la necesidad de retomar el camino correcto, pues de otro modo estamos impulsando la impotencia, el escepticismo y la apatía ciudadana lo cual irremediablemente causará mas prejuicios a la gestión de la ciudad y a la posibilidad de vivir en democracia.


Publicado en la Prensa, 30 de septiembre de 2003

Comentarios

Entradas populares