La Vivienda

Fernando Carrión Mena
FLACSO, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Sede Ecuador


El problema de la vivienda tiene una dimensión global con especificidades locales. El tercio de la población mundial vive esta penuria, pero en cada lugar hay particularidades propias, por ejemplo, respecto de tenencia, la tecnología y el déficit.


Países como los Estados Unidos son de propietarios, España tiene equidad entre propietarios e inquilinos y Grecia mayoritariamente de inquilinos. Lo mismo ocurre respecto de las ciudades, donde unas tienen un predominio de un tipo de tenencia sobre otras. Las tecnologías también representan opciones diferenciales: unos países y ciudades plantean las tecnologías apropiadas y otros las con tecnología de punta.

El déficit también es distintas: en América Latina el principal problema es de los “sin techo” y en Europa o en los Estados Unidos corresponde a los “con techo”.
De allí que las salidas de política tengan que ser particulares, pero generalizadas al planeta (universalización), porque no se puede seguir con el planteo que hacen muchos organismos internacionales de la focalización, porque se trata de un derecho que es universal. No es que unos tienen más derecho que otros, todos tienen el mismo derecho a la vivienda.

Producir vivienda es producir ciudad. Densificar con vivienda de interés social en la periferia -para bajar precios- no significa producir ciudad. Construir urbanizaciones cerradas, prácticamente autárquicas, para gente de altos recursos económicos tampoco produce ciudad. La penuria de la vivienda tiene estas dos caras de la misma moneda: la producción de viviendas sin ciudad, genera ciudadanos sin ciudad., lo cual deviene en que el derecho a la vivienda es también derecho a la ciudad y que la nueva vivienda genera un nuevo urbanismo.

El nomadismo internacional conduce a una familia translocal. La migración internacional modifica sustancialmente el sentido de la vivienda, porque las familias se transforman: la patriarcal o mono parental se diluye o se erosiona. Ya no es la madre o el padre el jefe de hogar, si no probablemente el tío, la abuela o un vecino cercano, lo cual cambia la familia y sin duda, la vivienda.

Hoy una familia migrante tiene una vivienda desterritorializada, compuesta por dos unidades diferenciadas en el espacio: una aquí y otra allá; lo cual lleva a repensar la familia que vive en dos lugares distintos y en espacios diferentes, pero únicos a la vez.

Los cambios tecnológicos que hemos vivido en estos últimos años tienen serias consecuencias en la vivienda y su concepto. Antiguamente, la cocina tenía que ser un espacio muy grande porque se requería un volumen significativo de oxígeno para consumir la leña; después apareció el gas, la energía eléctrica y -hoy en día- el horno de microondas, que fueron en su tiempo disminuyendo el espacio y también integrándolo a otros. Por eso la relación que existe entre los espacios de la cocina con el del comedor –hoy prácticamente integrados- o el desarrollo de los lofts no es otra cosa más que el resultado de la evolución tecnológica. Y no se diga de las mejoras constructivas por el efecto tecnológico de la vivienda.

Con estos ejemplos hay que empezar a comprender a la vivienda no como un producto rígido o estático, sino como altamente flexible y dinámico; hay que tener en cuanta sus especificidades locales y, no se diga, las cualidades culturales.

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