Los estatutos de la ciudad

Anoche me detuve a contemplar un curioso espectáculo en el Parque Metropolitano. Un polvoriento ciudadano exhibía a un político amaestrado, quien con su discurso mantenía embelesada a una muchedumbre incrédula.
Si me eligen -decía-, aprobaré un Estatuto de la Ciudad que establecerá, en 10 artículos, cómo edificaremos la nueva metrópoli.
Artículo I. Queda decretado que, a partir de ahora, las ciudades valen para la vida, valen las plazas, la música y las bibliotecas; el aire limpio, los jardines y las esculturas valen más que las chimeneas industriales y las vallas publicitarias.
Artículo II. Por decreto irrevocable se establece que todos los ciudadanos - inclusive los más pobres y humildes- , tienen derecho a disfrutar de los árboles, de los parques, de las bancas y del paisaje; y que la salud, la educación, la vivienda y el trabajo dejarán de ser un lujo para unos pocos, para ser un regalo cotidiano para todos.
Artículo III. Queda decretado que, desde este momento, crecerán flores en todas las ventanas, y que ellas permanecerán siempre abiertas para que el verde entre a insuflar la vida y las estrellas a estimular los sueños.
Artículo IV. Queda decretado que ninguna barriada tendrá que esperar por agua porque el líquido limpio y abundante saldrá del grifo tenazmente; y todas las calles tendrán un nombre que los niños y los viejos recordarán con facilidad.
Artículo V. Queda decretado que los ciudadanos no tendrán que dudar nunca más de las autoridades de la ciudad ya que ellas ofrecerán seguridad y cobijo incansablemente, así como calles limpias, amplias e iluminadas y autopistas seguras y con señales; y que construirán una ciudad para el peatón y no para el automóvil.
Artículo VI. Queda decretado que los ciudadanos estarán libres del yugo de individuos sin escrúpulos y ya no se dirá que el bien individual prima sobre el bien colectivo; nunca más se doblegarán las casas, los parques y los sitios históricos, ni la cultura que -vive en los lugares públicos-, ante las torres de 100 pisos.
Artículo VII. Queda decretado que el capital ya no podrá comprar el sol, ni los árboles, ni la historia; que nunca más los seres humanos y la naturaleza serán tratados como mercancías para ser negociadas en el mercado ni decidido su destino exclusivamente por su rentabilidad.
Artículo VIII. Queda decretado el reinado permanente de la cultura que se expandirá infatigablemente en los parques y en las plazas; y en ellos los niños -de todos los colores y clases- olvidarán la intolerancia y sembrarán la amistad, la alegría reinará y se brindará siempre una sonrisa y una mano al vecino.
Artículo IX. Parágrafo único. Queda decretado, a partir de este instante, que a la ciudad la cuidaremos todos, como corresponde a la casa de los niños.
Artículo Final. Sólo una cosa queda prohibida: Habitar la ciudad sin amarla.
Me despertó el aplauso entusiasta de la muchedumbre y el golpe seco que hizo el libro de Thiago de Mello -con su poema Los estatutos del Estatutos del Hombre- al resbalarse de mis manos y caer al piso.
Los panameños hemos perdido el orgullo por la ciudad de Panamá porque no apoya a la cultura popular, es insegura y agresiva, está sucia, deteriorada, intransitable -en automóvil o a pie-, contaminada visual y ambientalmente. Pero todo puede revertirse. Necesitamos una firme decisión política para intervenir urbanísticamente, e introducir cultura en los lugares públicos, el consenso de la ciudadanía y la contribución de los empresarios.
Mi sueño puede ser el de todos. Si podemos construir otro tipo de ciudad bajo consideraciones éticas y de justicia social, donde desaparezca la exclusión, las desigualdades, la pobreza y el desastre ecológico hacia el que parece se mueven las ciudades panameñas y tener, al fin, ciudades donde florezca la vida.

La Prensa, miércoles 25 de julio de 2007, Pág. 12 A

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