Urbano: Kafka se quedó corto


El articulo " Urbano: Kafka se quedo corto" escrito por Clemente Pérez, se refiere a la realidad de Santiago de Chile, no obstante podría decirse que también se aplica a Panamá. Y es que el caos urbano es una realidad común para la mayoría de la humanidad, sentida con más dureza por aquellos que han desertado del campo y viven ahora en enormes conurbaciones urbanas. Actualmente existen unas catorce megaurbes con más de 10 millones de habitantes, y en cuatro de ellas Tokio, Nueva York, São Paulo y México viven más de 15 millones de personas. En el Área Metropolitana de Panamá se evidencia con crudeza la escasa capacidad de la ciudad para responder a las demandas de los pobladores y se desconoce la ciudadanía, entendida ésta como igualdad de oportunidades y de derechos.

Esta ciudad globalizada cada vez más caótica padece graves problemas: ruido ensordecedor procedente de cláxones ó de emisoras radiales y vecinos desconsiderados, contaminación visual derivada del desorden e incluso del mal gusto que abunda en los carteles comerciales, atmósfera contaminada por escapes de buses y automóviles en mal estado, quebradas y mares sucios y malolientes debido a los desechos industriales y domésticos vertidos impunemente en ellos, congestión vehicular agobiante, escasez escandalosa de áreas públicas, verdes y deportivas, así como escasez de veredas y alumbrado público, amén de violencia e inseguridad. 

Los problemas están por doquier, aunque más expresivamente en los barrios de viviendas precarias-, donde muchos de los aspectos identificados como derechos básicos de un ser humano, como el agua potable y sistemas sanitarios, desafían a la decencia común. Sin duda uno de los problemas más graves, por su impacto social y económico, es la incoherencia y el caos del tráfico vehicular, y el pésimo servicio de transporte público, que obliga a las clases más humildes a derrochar preciosas horas de descanso viajando en esas trampas de muerte conocidas como “diablos rojos”, amén los taxis que se niegan a llevar al ciudadano donde desea ir.

Ciertamente, un elemento fundamental que explica este caos citadino es la tradicional especulación inmobiliaria que se ha dado en la ciudad, aunada a una ausencia escandalosa de planificación urbana, fiscalización y participación ciudadana, lo que ha originado una infame segregación económica y social; llevándonos ineludiblemente a concluir que, hoy, el factor decisivo y configurador de la ciudad de Panamá es el dinero.


Por Clemente Pérez, abogado
El mundo agobiante y burocrático de Kafka es un cuento de niños comparado con las trabas que algunos servicios públicos y la Contraloría ponen al desarrollo urbano.

La historia de Santiago es ilustrativa. Tenía límites establecidos en un Plan Intercomunal, hasta que en la época militar se eliminaron, pensando que el mercado se haría cargo de todo. Lo que ocurrió es la segregación social más aberrante. La gente se fue o la mandaron a vivir a alejadas comunas, como La Pintana o Puente Alto, cuyo suelo era más barato. Parecía un buen negocio, pero resultó ser de corto plazo, pues detrás tenía que ir el Estado con la provisión de los servicios básicos a esos lugares. Luego, durante la Concertación, se volvieron a restringir los límites de la ciudad.

A la ausencia de planificación le siguió una basada en el centralismo: la autoridad definía mediante planos de colores dónde se podía construir y dónde no, dando y quitando riqueza, con todo lo arbitrario que ello puede ser, sin contar el riesgo de amiguismo y corrupción que se produce.

En 2003 se llegó a una tercera modalidad, la llamada planificación por condiciones, a través de los Proyectos Urbanos con Desarrollo Condicionado (PDUC). Es mucho más objetiva y racional: permite construir viviendas en los lugares donde se cumpla con una serie de permisos e inversiones, que básicamente consisten en que el desarrollador se hace cargo de las externalidades negativas que provoca. Así, un proyecto urbano debe incluir soluciones viales, obras de mitigación de riesgos, áreas verdes y vivienda social que permitan construir verdaderas “ciudades satélites”, integradas y sustentables.

Sin embargo, este tercer mecanismo parece no ser del gusto de algunos funcionarios públicos, que preferirían mantener el poder de definir hacia dónde se debe desarrollar la ciudad. Tampoco satisface a la Contraloría, que hace unos días decidió trabar, nuevamente, la aprobación de PDUC que buscan construir miles de viviendas, generando mano de obra y beneficiando a sectores medios y bajos, a quienes estas viviendas están destinadas. Pese a que han pasado más de siete años de vigencia de la normativa, a la fecha no ha podido partir ningún PDUC, no obstante la gran expectativa que había en ellos.

Pareciera que tampoco este tercer mecanismo agrada a todo el sector privado. Algunos desarrolladores inmobiliarios prefieren la forma antigua de hacer ciudad, en la que se presionaba por ampliar el límite urbano, para de esa forma construir sin tener que enfrentar las costosas condiciones e inversiones impuestas para los PDUC.

Las demoras de funcionarios públicos pasan desapercibidas y las tardanzas superan a los diferentes gobiernos. Se ha tratado de suplir la ausencia de un alcalde mayor a través del Comité Ciudad y Territorio, que integra a las autoridades con competencia sobre la ciudad, pero éste raramente opera. Lo triste es que nos preocupan las áreas verdes en verano, las inundaciones en invierno, los tacos en otoño, pero olvidamos que la posibilidad de urbanizar bien desde el principio requiere superar tantos obstáculos, que se termina prefiriendo la forma antigua de hacer las cosas, a punta de llamados y reuniones.

El suelo urbanizable se ha ido haciendo escaso y la gente aspira a tener casa propia, más aun después del terremoto, que ha quitado atractivo a la edificación en altura. Las restricciones burocráticas generan un freno a la aspiración de esa gente, más allá de lo que el propio Kafka podría haber imaginado en sus peores pesadillas.

Comentarios

Entradas populares