La ciudad y los espacios públicos: diseño útil o apropiación ciudadana

Juan Freire, Blog Nomada

Los espacios públicos son, o al menos eran, la razón de ser de las ciudades. El “pro-común” urbano tradicional ha ido languideciendo por su propia obsolescencia al no adaptarse a los nuevas necesidades y usos de las ciudades, al tiempo que nuevas ofertas desde el ámbito privado cubren ese vacío y resultan más atractivas para los ciudadanos. El centro comercial sustituye a la plaza. Se suele demonizar al centro comercial, olvidando que viene a ocupar el “espacio de relación” que ya no ofrecen los espacios públicos tradicionales.

Pero, ¿podemos abandonar totalmente los espacios públicos y sustituirlos por espacios privados y comerciales? Siendo estos últimos útiles, en estos momentos no parecen cubrir la diversidad de usos y las necesidades de libertad de interacción que necesita la sociedad red. Pero, si esto es así, ¿cómo son o serán los nuevos espacios públicos?.

En la edición de Madrid de El País, el pasado 2 de noviembre de 2007, se presentaban dos reflexiones sobre los espacios públicos en las ciudades que son buenos elementos para iniciar la discusión. Andrés Jaque (que publica el blogOficina de Innovación Política) proponía un modelo de ciudad que permitirá dar solución a los nuevos problemas y retos sociales y ambientales (La ciudad incubadora de diversidad). Para ello define cuatro principios que deben guiar el diseño de este modelo urbano:

  1. Incubadora de diversidad, y por tanto de capacidad de innovación y de eficiencia en el uso de recursos.
  2. Ciudad concentrada: “Una ciudad integrada en una red de ciudades nodo de tamaño medio (entre 1 y 2 millones de habitantes) que se conviertan en vigilantes ecológicos e incubadoras de la biodiversidad de los territorios entre ellas”.
  3. El espacio público como elemento clave para lograr una “ciudad densa en interacciones”.
  4. Elevación del rango tecnológico: la construcción, una actividad económica siempre tan criticada es hoy en día un motor de crecimiento y podría ser una vía de innovación y formación de sus propios trabajadores (una parte importante de la ciudadanía).

Por su parte, José María Ezquiaga nos recuerda que la ciudad, como red social, es espacio público, Bajo los adoquines hay playas. Pero al tiempo, estas redes son muy resilentes y adaptables, de modo que si la política abandona o es incapaz de diseñar espacios públicos útiles, estos surgen de forma espontánea (y casi siempre conflictiva) en los resquicios del asfalto. Así los polígonos industriales o los aparcamientos se reconvierten en lugares de ocio, incluyendo el botellón como fenómeno emergente y conflictivo de reapropiación del espacio público por parte de grupos sociales con los que los gestores son incapaces de comunicarse. En paralelo, los parques son reutilizados como áreas de socialización por los colectivos de inmigrantes que no pueden acceder a espacios privados que cumplen una función similar para la población nativa.

Vivimos tiempos de declive de la esfera pública o desplazamiento del centro de gravedad de la centralidad cívica desde las instituciones y los espacios públicos al dominio privado.

Las élites urbanas tienden a retirarse del ámbito público, tanto en términos geográficos como en su compromiso con la ciudad, y los actores de la nueva economía utilizan la infraestructura urbana pero carecen de un proyecto de sociedad y una idea de ciudad. Ello es fruto de la carencia de valores de naturaleza colectiva asociada a los sectores globalizados de la economía red.

En el ámbito espacial, todo ello se traduce en la obsolescencia de las expresiones convencionales de lo público: avenidas, parques, plazas, equipamientos e infraestructuras.. Esto es sustituido por ámbitos privados capaces de movilizar y congregar de manera flexible las diversas formas de vida colectiva, particularmente en torno al consumo, entretenimiento y acontecimientos deportivos y culturales.

No debe extrañar por ello que en Madrid, como alternativa al espacio programado para el consumo, lo público tienda a manifestarse en espacios precarios y aleatorios (estaciones, aeropuertos, playas, aparcamientos...) con mayor vivacidad que en los espacios colectivos convencionales.

El desplazamiento del ocio de fin de semana a los polígonos industriales periféricos; la transformación de los aparcamientos vacíos de los centros comerciales en lugares de encuentro juvenil, o la apropiación festiva del parque del Oeste por inmigrantes latinos, ejemplifican la capacidad de la vida colectiva para recrearse constantemente aun entre los pliegues más inciertos de la metrópoli.

En este nuevo contexto, la expresión contemporánea de la vida pública no puede ya sustentarse sobre las dimensiones o protagonismo simbólico de la arquitectura, sino reinventando su capacidad para dar un referente colectivo al archipiélago de estratos y pliegues en que se manifiesta la construcción social de la ciudad.

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