Gentrificacion


© Eduardo Berlin Escrito por: Eduardo Berlin
Publicación original en el Post.cl
© Fotografía, Magela Cabrera Arias


Cuando leí “Crónica de una Muerte Anunciada”, me marcó la historia del ‘viudo de Xius’ que se ve forzado a vender su casa –y con ella el alma– a un joven millonario que le ofrece una suma de dinero ridículamente grande. Me llenó para siempre de un poco más de esa tristeza propia del tiempo y el deterioro, de la muerte y el pasado, de la gloria y alegría de antes. Nostalgia, al fin.

Bayardo San Román fue esa misma noche al Club Social y se sentó en la mesa del viudo de Xius a jugar una partida de dominó.

–Viudo -le dijo–: le compro su casa.
–No está a la venta –dijo el viudo.
–Se la compro con todo lo que tiene dentro.

El viudo de Xius le explicó con una buena educación a la antigua que los objetos de la casa habían sido comprados por la esposa en toda una vida de sacrificios, y que para él seguían siendo como parte de ella. «Hablaba con el alma en la mano –me dijo el doctor Dionisio Iguarán, que estaba jugando con ellos–. Yo estaba seguro que prefería morirse antes que vender una casa donde había sido feliz durante más de treinta años.»
También Bayardo San Román comprendió sus razones.

–De acuerdo –dijo–. Entonces véndame la casa vacía.

Pero el viudo se defendió hasta el final de la partida. Al cabo de tres noches, ya mejor preparado, Bayardo San Román volvió a la mesa de dominó.

–Viudo –empezó de nuevo–: ¿Cuánto cuesta la casa?
–No tiene precio.
–Diga uno cualquiera.
–Lo siento, Bayardo –dijo el viudo–, pero ustedes los jóvenes no entienden los motivos del corazón.

Y es que la casa del viudo no es del viudo porque así rece un certificado. Es de él por mérito de la historia, de la tradición, de la referencia de una comunidad que lo conoce y se vincula con él. Una comunidad que se reconoce en el viudo de Xius, así como en otros cientos de pedazos que, juntos, no son otra cosa que la identidad de un grupo, de una tribu, de un barrio.

Es triste, porque me puedo reconocer en el joven agresivo e invencible que no conoce los motivos del corazón. Pero también me reconozco en el viudo que no tiene sino los rincones llenos con las voces, los olores y las luces que ya no están. Y es todavía más triste.

La historia del viudo de Xius se quedó en mi memoria para siempre. Tanto que muchas veces me veo contándola, como tratando de capturar y transmitir ese sentimiento indescriptible del viudo de aceptar sin querer, y de describir la amenaza que Bayardo San Román representa aún en un ambiente de libertad. Pues, aunque pareciera que el viudo tiene la opción de hacer lo que quiera, las comunidades, los barrios –y los corazones con ellos– se destruyen así tal como lo describe García Márquez, cuando vendemos de a poco el corazón, el alma, la identidad y la historia, por lo que parece ser un poco más de plata.

Cuando llegué a Harvard jamás pensé que encontraría respuestas técnicas para mi nostalgia crónica. Mi más profunda y positiva impresión de la cultura norte-americana es la aproximación que tienen a la idea de comunidad. Pareciera que, grabado en su ADN, llevan adentro la convicción de que el país se construye agregando; un vecino se agrega con otro y éstos, con otros, y conforman un barrio, que se une con varios y forman una ciudad. La ciudad no es otra cosa que la suma de la gente y sus vidas, sus historias, sus corazones, sus pasados y sus futuros. Las calles, las casas, las oficinas, así como la ropa y las bicicletas, son los accesorios que la comunidad necesita para desarrollarse mejor. Para llegar más lejos.

Esto representa un cambio de paradigma tremendo que está a años luz de la realidad nacional. En Chile hay buenas noticias si a alguien le ofrecen el doble o el triple por su casa de lo que pagó o de lo que pensaba que valía. ¿No? Se puede comprar una casa nueva –más grande y más linda– en un barrio nuevo, y tener plata encima para varias vacaciones all-inclusive.

Acá en Estados Unidos le llaman “gentrification” y es un flagelo social. La palabra –que no es una pasta de dientes, ni una canción de Abba– viene de gentry (gente bien nacida, bien alimentada; clase alta y dirigente; aristocracia), que a su vez viene de gentil, y describe el proceso de compra y renovación de propiedad, por parte de personas o grupos de clase media y alta, que termina con una mejora económica del lugar y el desplazamiento de las familias y negocios de menores recursos.

Si la comunidad es la tierra, la gente es el lugar, renovarlo no puede suponer reemplazar a la gente; si bien la renovación del stock urbano es necesaria, debe ser conducida con un preciso equilibrio que garantice la continuidad a la comunidad. Una familia americana no valora que le paguen tres casas por perder la suya, y todo el tejido social asociado; esa red de apoyo, de conocidos y de comunidad. La familia típica quiere ver su barrio crecer con ellos dentro y, lo que es más, quieren garantizar que sus hijos puedan acceder a una vida en la misma comunidad. Quieren llevar a su nieta a la peluquería de los Clarke, que lleva 40 años ahí, y es la mejor del mundo.

Y porque eso es bueno, de eso se trata. Acá el asunto se trabaja entre todos para lograr ese equilibrio y la proyección al futuro del cuerpo de historia e identidad. Porque a los que vienen poco les va a importar el valor histórico de una tradición que no les pertenece, la identidad de un grupo con el que nada tienen en común. Así en el proceso de mejorar la tierra, el barrio, la calle, irán destruyendo de a poco –y sin saberlo– lo único que es valioso para dar paso a estos barrios al portador, pedazos urbanos infames, que así como no vienen de ninguna parte, es difícil saber hacia dónde van.

García Márquez lo sabía y a mí, sin poder explicar muy bien por qué, me tocaba la fibra del ciudadano nostálgico que soy, de esos que no quieren olvidarse de cómo éramos. Y no me tienen que creer a mí; miren cómo termina la historia:

Bayardo San Román no hizo una pausa para pensar.

–Digamos cinco mil pesos –dijo.
–Juega limpio –le replicó el viudo con la dignidad alerta–. Esa casa no vale tanto.
–Diez mil –dijo Bayardo San Román–. Ahora mismo, y con un billete encima del otro.

El viudo lo miró con los ojos llenos de lágrimas. «Lloraba de rabia –me dijo el doctor Dionisio Iguarán, que además de médico era hombre de letras–. Imagínate: semejante cantidad al alcance de la mano, y tener que decir que no por una simple flaqueza del espíritu». Al viudo de Xius no le salió la voz, pero negó sin vacilación con la cabeza.

–Entonces hágame un último favor –dijo Bayardo San Román–. Espéreme aquí cinco minutos.

Cinco minutos después, en efecto, volvió al Club Social con las alforjas enchapadas de plata, y puso sobre la mesa diez gavillas de billetes de a mil todavía con las bandas impresas del Banco del Estado. El viudo de Xius murió dos años después. «Se murió de eso –decía el doctor Dionisio Iguarán–. Estaba más sano que nosotros, pero cuando uno lo auscultaba se le sentían borboritar las lágrimas dentro del corazón.» Pues no sólo había vendido la casa con todo lo que tenía dentro, sino que le pidió a Bayardo San Román que le fuera pagando poco a poco porque no le quedaba ni un baúl de consolación para guardar tanto dinero.

Confieso que me emocioné cuando aprendí todo esto y encontré –en los manuales técnico-urbanísticos de Massachusetts– cura para parte de mis endémicas tristezas. Ojalá el día cuando un desconocido le quiera comprar la casa, esté usted en posición de decirle “Es usted gentil, pero no… muchas gracias”.

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