La ética, inseparable de la práctica educativa


RAÚL LEIS R.
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Para miles de personas de la ciudad de Ningbo, en el noreste de China, que intervienen en un videojuego en línea, el asunto es fácil, se trata de exterminar a los políticos y empresarios corruptos que han existido a lo largo de la historia, incluyendo el presente; y para ello, los jugadores disponen de variadas formas para contrarrestarlos, incluyendo la eliminación física con diversos tipos de armamentos.

El diseñador de juegos Hua Tong planeó inicialmente el videojuego solo para los estudiantes de esta ciudad, pero ha sido tan exitoso que podría abarcar muy pronto al resto del país y luego al mundo, ya que su idea es sensibilizar a los jóvenes para que sean más valientes y emprendedores contra la corrupción en el mundo real.

No es de extrañar que, aunque de esta manera extrema y singular, suspendidos en el intangible universo virtual existan personas que busquen enfrentar un tema tan vigente y desafiante como la corrupción, pues sus costos son tan aterradores al alcanzar niveles que dañan y afectan seriamente al desarrollo de la sociedad, la economía y la democracia misma.

Gustavo Coronel, de Transparencia Internacional, aporta los números: “La corrupción y la incompetencia en América Latina durante los últimos 25 años le han costado a la región unos 600 mil millones de dólares”, esto es, unos 24 mil millones por año. Además, señala el impacto de la jerarquización de las prebendas en el conjunto de los estamentos del poder público: “De cada 100 mil dólares, la comisión comprometerá a un alto funcionario pero no de rango máximo. De cada millón de dólares, interesará a los directores generales. De cada 10 millones de dólares, interesará a un ministro y a sus principales colaboradores. De cada 100 millones de dólares, puede despertar la seria atención de un jefe de Estado”.

El perjuicio de estas acciones no va solo en contra de la institución u organización afectada, sino que lesiona al bien común, como es el caso de la corrupción sistémica extendida en todo el aparato estatal, y afecta seriamente tanto el plano del desarrollo integral, como el funcionamiento mismo de la sociedad y el estado de derecho.

Esto nos afirma, día a día, la vigencia de la revolución ética que proclamó Carlos Núñez y Paulo Freire al afirmar: “Hablo, por el contrario, de la ética universal del ser humano. De la ética que condena la explotación de la fuerza de trabajo del ser humano, que condena acusar para oír decir, afirmar que alguien dijo A, sabiendo que dijo B; falsear la verdad, engañar al incauto, golpear al débil y al indefenso, sepultar el sueño y la utopía, prometer sabiendo que no se cumplirá la promesa, testimoniar mentirosamente, hablar mal de los otros por el gusto de hablar mal. La ética de que hablo es la que se sabe traicionada y negada en los comportamientos groseramente inmorales, como la perversión hipócrita de la pureza en puritanismo.

La ética de que hablo es la que se sabe afrontada por la manifestación discriminatoria de raza, género, clase. Es por esa ética inseparable de la práctica educativa, no importa si trabajamos con niños, jóvenes o adultos, por la que debemos luchar. Y la mejor manera de luchar por ella es vivirla en nuestra práctica, testimoniarla con energía, a los educandos en nuestras relaciones con ellos”.

En un ensayo escrito en 1827, Charles Dupin expone que las dos terceras partes de la población que había nacido post Revolución Francesa sintetizaba su desiderátum así: querían un país distinto, una sociedad amable y un buen gobierno; los manifiestos surrealistas lo explicaban así en el siglo XX: transformar el mundo y cambiar la vida.

En esto, la ética tiene una importancia estratégica. Se trata de entender la autoridad como servicio. El poder absoluto corrompe en la medida en que niega la dimensión ética; por el contrario, el poder democrático edifica, porque al integrar la humanización lo convierte en factor de servicio y de participación. No es solo una manera de comportarse sino de construir poder, pues se afirma que el hombre puede hacer su propia historia, ser su propio creador.

Promover que la conciencia pública se afiance en la coherencia entre fines y medios, entre lo que se dice y se hace, entre teoría y práctica; y que conforme la capacidad de construir un poder que, al no absolutizar no enajena, y no corrompe.

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