Manglares


CARLOS GUEVARA MANN

opinion@prensa.com, Prensa 18 de Julio de 2012


Hace poco estuve en Guyana, república situada en el noreste de Sudamérica. Parte considerable de la costa guyanesa se encuentra bajo el nivel del mar, lo que –aunado a la abundancia de lluvia y ríos (Guyana es “tierra de muchos ríos”)– hace necesario tomar medidas contra las inundaciones.
Siglos atrás, los colonizadores holandeses –quienes precedieron a los ingleses en el dominio de ese territorio– construyeron numerosos canales de desagüe, los que aún hoy surcan el área costera. Más recientemente, el Gobierno guyanés ha impulsado con ímpetu la conservación de los manglares como medida natural y eficaz para prevenir los desastres vinculados a la precipitación excesiva y la acumulación de agua.
Por todas partes hay letreros que motivan a la población a proteger los humedales. “Los manglares –señalan los avisos– son nuestra defensa natural contra las inundaciones. No los devastemos”.
Como es sabido, los humedales actúan como esponja. Su gran capacidad de absorción de agua contribuye a evitar que el exceso de precipitación se desvíe hacia otras partes, incluyendo sitios de habitación humana o áreas cultivables.
Además, actúan como filtros en tanto que detienen el traslado, hacia el mar, de elementos que pueden alterar los ecosistemas marinos. También contribuyen a mitigar los efectos de las corrientes marinas sobre la tierra firme.
Su particular configuración reduce los impactos de los aguajes, oleajes o –incluso– las gigantescas olas marinas conocidas como tsunamis. Entre las áreas más afectadas por el catastrófico tsunami del océano Índico, que en diciembre de 2004 ocasionó más de 230 mil muertes en el sur de Asia, se encuentran tierras bajas y húmedas que fueron desprovistas de manglares para dar paso a la construcción de áreas residenciales y sitios turísticos.
Tomando todo esto en consideración, el Gobierno de Guyana tiene una campaña de siembra y repoblamiento de manglares, en la cual participa la ciudadanía, especialmente los niños y jóvenes escolares.
Los humedales proveen otros servicios a la humanidad. Los manglares son el hábitat de especies muy particulares que no logran prosperar en otros medios. Cangrejos multicolores, aves, iguanas y otros animales se desenvuelven en ese ambiente húmedo y feraz.
El valor escénico de los manglares no es nada despreciable. El mangle es un árbol interesante y hermoso, que en la cúspide de su crecimiento alcanza alturas imponentes y que, alineado en las márgenes de los esteros, muchas veces forma una sensacional bóveda natural sobre el cauce de los ríos. Adentrarse en un estero así cubierto constituye una experiencia sobrecogedora.
Estos aportes de las áreas húmedas costeras y ribereñas, incluyendo el aspecto escénico, representan valores que las sociedades modernas ahora empiezan a contabilizar. Nuevas tendencias económicas sugieren la pertinencia de incorporar los servicios ambientales a las cuentas nacionales, no por romanticismo o moralidad, sino por la importancia de los bosques para el bienestar de los pueblos.
Panamá es un país con niveles de desarrollo superiores a los de Guyana. Según el Anuario Estadístico de América Latina y el Caribe (Cepal), en 2010 nuestro producto interno bruto (PIB) per cápita fue de 6,600.80 dólares; el de Guyana, de 2,158.50 dólares. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en 2011 nuestro índice de desarrollo humano fue de 0.768; el de Guyana, de 0.633.
Sin embargo, mientras que allá se hacen esfuerzos por conservar y multiplicar los manglares, acá nos destacamos por agredirlos. A pesar de que la legislación panameña y la normativa internacional los protegen desde hace décadas, los panameños seguimos talándolos, rellenándolos y transformándolos en urbanizaciones, centros comerciales y carreteras. Esto ha ocurrido en la capital y muchos distritos de la República.
En Colón, cientos de hectáreas de manglares han sido arrasadas con el fin de ampliar las actividades portuarias y de almacenaje. En consecuencia, el riesgo de inundaciones ha aumentado considerablemente. El Dr. Stanley Heckadon Moreno y su equipo del Smithsonian Tropical Research Institute (STRI) en Punta Galeta se esfuerzan por conservar los últimos vestigios de aquellos humedales, otrora abundantes, ante las acometidas de un modelo económico primitivo y expoliador que amenaza la existencia de la especie humana.
Qué bueno fuera que aprendiésemos de otras sociedades, a veces menos desarrolladas que la nuestra, el valor de la conservación de la naturaleza.

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