Testamento del año 2012


Magela Cabrera Arias

1 de Enero de 2013
Queridos todos, soy el viejo 2012; hoy –a modo de catarsis– escuchen mi testamento. Así, después de haber expulsado lo malo, con el corazón limpio y la mente presta, den la bienvenida a mi hermano, el año 2013.
A mis hijos, los responsables del manejo fiscal, les regalo la inflación y un enorme saco lleno de sabiduría y prudencia para que, con un abracadra, logren que Panamá preserve la sanidad fiscal. A mi cuñada Lucy le dejo una margarita para que mientras la deshoja decida, al fin, si se va o no, y en el tiempo que le queda repiense la aplicación de la reforma educativa.

 A mis compadres, los diputados, les regalo mis tablets para que mitiguen las penas del desamor del pueblo –jugando Angry Birds– y así, entretenidos, dejen de aprobar leyes que no han leído.

A mis nietos, los organizadores del tráfico, les dejo un tranque monumental y para evitarles el estrés, varios audio-libros con propuestas de movilidad integral; así chicos y grandes podrán caminar, manejar y bicicletear sin la vida dejar.

 Me llevo las pistolas eléctricas de mi hijito Julio; a cambio le regalo un manual para aplicar “la trasformación cultural institucional” y los programas “Policía Amigo y Policía Comunitario”; así la Human Rights Everywhere le premiará con un abrazo al ritmo de 100 mil aplausos panameños.

A mis primos, los jueces de la Sala Tercera, les obsequio una gran inundación, como premio, por la suspensión de las resoluciones de áreas protegidas en Bahía de Panamá y Donoso.

A mi cuñada Alma le regalo un programa para aprender inglés “much hot”, y a ella y a su prima Giselle les dejo limas de uñas y un “Primer Empleo con salario mínimo”, así entenderán el significado de la desigualdad en la distribución de la riqueza.

A mi vecino Enrique le entrego otros mil 800 tanques de basura nuevecitos para reemplazar los que olvidó a la intemperie; y en penitencia le dejo dos semanas sin recolección de basura en su calle, pidiéndole que sea “aseado y responsable”.

A mi sobrino Luis Eduardo y sus gladiadores les quito las televisiones en la que aprenden la violencia, a cambio les dejo unos libros: Ser o tener, de Eric Fromm, Los bienes terrenales del hombre, de Leo Huberman, y Política para Amador y Ética como amor propio, de Fernando Savater.

A mi hijo José Domingo le dejo mi guía de Ordenamiento Territorial, un puñado de justicia y una casita con salvavidas incluido; así lucirá garboso, navegando entre las barriadas inundadas de Arraiján y La Chorrera y decidirá a quién sancionar por ocupar terrenos inadecuados y construir con malas mañas. Rellenos, puentes marinos, cintas costeras y túneles. 

Todos hablan con arrebato: funcionarios, arquitectos, vecinos pero nadie entiende la valía de la declaratoria de patrimonio mundial. Para el entuerto arreglar, a todos ellos y a mis nietos Carlos y Maruja les quito las tentaciones y los contratos y un doble regalo les dejo: un libro de historia y un código de ética.

Se trata de un chisme triste. Nadie sabe en qué consiste la repartición de tierras baldías, zonas costeras e insulares. A mi primo Franklin le heredo sabiduría y precaución, recordándole que las tierras son del pueblo y por ellas se han iniciado guerras largas y complejas.

A mi nieto Chello le dejo un “nuevo estilo” y le recomiendo que corra a la fiscalía a entregar un jamón enorme, envuelto en calcomanías que digan “Panamá primero, no a la reelección de Chello”.

Hasta Colón le envío mi herencia a mi hijo Leopoldo: un volquete lleno con transparencia y solidaridad, salpicado con terrones de la Zona Libre, para anular así la indolencia, la avaricia y la irresponsabilidad.

A mi nuera Patria le dejo mi ejemplar de la Declaración de los Derechos Humanos para que deje atrás los lamentos y alce la voz, con furor, cuando vea sufrir a colonenses, indígenas o bocatoreños; y para que exija, con dignidad, las libertades económicas, culturales y sociales de todos los panameños.

Me llevo los tanques, pistolas y radares de mi yerno José Raúl y a cambio le dejo un programa de seguridad ciudadana con instrucciones detalladas para construir parques-bibliotecas, escuelas gratuitas con última tecnología y empleos e incentivos para los más humildes.

A mis sobrinos Roxana, Balbina, Ana, José, Roberto, Enrique y José Luis los protejo de la fiebre causada por la ansiedad de poder y les dejo un manual para construir una ciudad ordenada, justa y solidaria, en la que primero estén los ciudadanos y después los intereses inmobiliarios; primero la gente y después los carros; primero las áreas públicas y verdes y después los estacionamientos. 

Como Demetrio está muy lejos, a mis nietos los Juan Carlos, Alberto, Giselle y Guillermito les dejo un asesor de lujo con técnicas de moda que aseguren su victoria: transparencia, honestidad y programas de gobierno que se afinquen en la realidad. 

A mis vecinos Maruja y Ricardo les regalo una ley de cultura que además de rescatar a la juventud de la violencia y la delincuencia, ofrece dignidad a los artistas, riqueza y trabajo a muchos y calidad de vida y felicidad a todos los ciudadanos.

Termino mi testamento y muero dignamente. La vida es un encanto cuando se vive en hermandad, buscando la felicidad en el trabajo honrado, la tolerancia y la paz basada en la justicia. Antes de dar mi último suspiro a Juan Pueblo le regalo: un conjuro contra la corrupción; dignidad y sensatez para que nadie los compre; un letrero que reza: “Panamá no se vende”; y sabiduría y fortaleza para exigir una Asamblea Constituyente Originaria.

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