Ciudad, cultura y democracia


GESTIÓN MUNICIPAL

Ciudad, cultura y democracia: Magela Cabrera Arias

MAGELA CABRERA ARIAS
opinion@prensa.com18/07/2013 - La ausencia de una política cultural municipal se percibe como una necesidad cada vez más urgente ante la decadencia de la ciudad de Panamá evidenciada, entre otros elementos, por escasas iniciativas para lograr su hegemonía local, por una profunda segregación espacial, una peligrosa segmentación social y una alarmante pérdida de lo público.
La cultura ha sido reconocida no solo como una estrategia capaz de potenciar el desarrollo humano, ya que amplía las oportunidades y capacidades de las personas, sino como un eje imprescindible de construcción de ciudades sostenibles en el que se mejora constantemente la calidad de vida de la población. La cultura se interrelaciona con el sector productivo, el sistema educativo, promueve la seguridad y convivencia ciudadana y se vincula estrechamente con los medios de comunicación.
El municipio, en contraposición de su esencia, ha sido transformado en una entidad de servicios –de mala calidad y con carácter paternalista– y en un ente recolector de tasas. Ha abandonado su naturaleza esencial de órgano de gobierno para la representación ciudadana; para el diseño y ejecución de políticas; y de elemento catalizador de identidad y de expresión cultural. Por lo anterior, debe ser repensado y fortalecido para diseñar y ejecutar una política cultural estructurada y permanente que posibilite construir la ciudad que todos ansiamos y necesitamos. Con base en ello se podrá comprometer a los diversos sectores de la sociedad en un nuevo pacto social que los motive a trabajar por una visión común de ciudad y que, precisamente, por ello obtenga la legitimidad que garantice su éxito. Ese proyecto debe potenciar –económica y socialmente– a todos los actores, fomentar las diversas identidades e impulsar su participación activa.

Como tarea inmediata, el municipio tendría que impulsar, primero, estrategias orientadas a combatir la informalidad económica, el desgreño institucional y vencer la apatía cívica de la población –que paraliza a todos los sectores económicos, bajos, medios y altos–. Además de impulsar la práctica de normas de convivencia dirigidas a revertir las malas actitudes de muchos ciudadanos que son agresivos y deshonestos, pues incumplen las normas, evaden impuestos y destruyen equipamientos colectivos.
Una política cultural debería orientarse, primero, a valorizar la ciudad misma, como lugar de encuentro y de ejercicio de las libertades vinculadas a los derechos ciudadanos, y a fortalecer la ciudadanía rescatando el concepto de ser ciudadano.
Para justipreciar el concepto de ciudad, aludiré a Horacio Capel, escritor y geógrafo urbano, quien explica que el concepto toca aspectos muy diferentes: la urbs, es decir, la dimensión arquitectónica y geográfica; la civitas, la sociológica y antropológica; y la polis, la política, administrativa y jurídica. Y para aclarar el concepto político-jurídico de ser ciudadano, citaré a Hans Kelsen –reconocido jurista y filósofo del siglo XX– “todas las personas que conviven en el mismo territorio y están sometidas a las mismas leyes deben tener los mismos derechos y deberes”, a lo que añado, para ejercer el disfrute de la ciudad.
Los derechos ciudadanos esenciales, como elección del trabajo y de la vivienda, acceso a la educación, salud y a los servicios básicos, han sido negados a una parte significativa de la ciudadanía. Pero esos derechos son apenas los básicos, es necesario avanzar y reivindicar otros más amplios, no solo debido a que los cambios territoriales, económicos, tecnológicos y culturales que inciden en las ciudades van de la mano de nuevos desafíos, sino porque los ciudadanos demandan mucho más.

Exigen, por ejemplo, democracia, como se ha podido constatar en las manifestaciones de los okupas en las plazas de diversas ciudades. Exigen la satisfacción de sus derechos económicos, sociales, ambientales y culturales; y en ese último ámbito, el derecho a la cultura y al ocio.
Los ciudadanos también demandamos nuestro derecho a transformar la ciudad, usando de trampolín el arte y la cultura que es un código de comunicación eficaz para robustecer el marco democrático y construir una ciudad igualitaria y justa.
Carlos Monsiváis –escritor mexicano– decía que “la apuesta por la transformación política encuentra su mayor aliado en el campo de lo cultural. Si no se da la batalla cultural se puede perder la política”. Espero que los próximos alcalde y Presidente entiendan que las políticas públicas, en este caso la cultural, pueden hacer una enorme diferencia. Confío en que los ciudadanos cumplamos nuestro deber de ejercer el sufragio con responsabilidad, si queremos ejercer nuestro derecho a la ciudad, es decir, a la ciudadanía.
-- http://www.prensa.com/impreso/opinion/ciudad-cultura-y-democracia-magela-cabrera-arias/192613

Arq. Magela Cabrera Arias

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