Orillando la tragedia

AMENAZAS NATURALES

http://impresa.prensa.com/opinion/Orillando-tragedia-Magela-Cabrera-Arias_0_4467303251.htmlMagela Cabrera Arias |  

Luego de ver el sufrimiento de la población ecuatoriana por el terremoto de 7.8 grados que ha dejado hasta ahora más de 500 muertos, miles de heridos y cientos de estructuras colapsadas, y de saber que a esa tragedia se suman otras muy recientes, como el tornado en Uruguay, las inundaciones en Santiago de Chile y en el litoral argentino, me pregunto si los panameños son conscientes de los riesgos, las amenazas naturales y la vulnerabilidad del país, y si nos estamos preparando para enfrentar los desastres.
Muy pocos saben que Panamá está en una región sísmica activa. Un evento cercano a las ciudades donde se concentra población e infraestructuras sería muy destructor. El istmo de Panamá se asienta en la microplaca tectónica Bloque de Panamá, donde la actividad es relativamente más baja que en América Central y Sudamérica, concentrándose en las áreas de frontera con Colombia y Costa Rica.
Además, en Panamá hay cuatro zonas expuestas a riesgos de desastres naturales, de distintas frecuencias e intensidades. La zona de Azuero afectada por sequías, inundaciones, sismos y vientos huracanados; la parte occidental de las provincias de Chiriquí y Bocas del Toro, expuestas a lo anterior, excepto a las sequías; las provincias de Darién y parte de la comarca de Guna Yala, perturbada por sismos e inundaciones, y el área metropolitana –que acoge al 46% de la población del país–, que sufre los cuatro fenómenos mencionados.
Los desastres –mal llamados naturales– son el resultado de la coincidencia de un riesgo de origen natural (sismos, inundaciones, etc.) o factores antrópicos (tales como: modelo de urbanización, gestión del suelo, deficiencias en servicios e infraestructura básica) y las condiciones de vulnerabilidad (social y económica) de la población. El riesgo de desastre es la estimación de daños y pérdidas que podría resultar de la incidencia de fenómenos físicos (sismos, inundaciones, tornados, etc.) o de una obra del ser humano (desplome de una obra, devastación de manglares, etc.), en determinadas condiciones de vulnerabilidad social. Por consiguiente, evaluar los riesgos implica considerar además de las amenazas naturales, la compleja interacción con el contexto social, económico, ambiental y político, lo que se representa en la fórmula: riesgo es igual a amenaza por vulnerabilidad.
Estudios del Banco Mundial señalan que el incremento de factores, como el deterioro ambiental, los niveles de pobreza, las frágiles condiciones de gobernabilidad, así como la calidad de las instituciones, influyen en el aumento del riesgo, ya que son elementos coadyuvantes que agravan la vulnerabilidad, al igual que otros, como la rápida urbanización y la desigualdad, señalados en un informe mundial sobre desastres.
Dara, organización dedicada a impulsar la ayuda humanitaria para la población vulnerable afectada por desastres, identifica los impulsores del riesgo que reúnen diversos procesos en Panamá, son estos: la degradación ambiental y pérdida de servicios ambientales; las condiciones socioeconómicas negativas y la falta de resiliencia; la inadecuada planificación del territorio y el uso incorrecto del suelo; y la falta de gobernabilidad.
Sin espacio para ahondar en las condiciones de vulnerabilidad en Panamá, cito algunos datos: El 40% de las viviendas del área metropolitana se originaron de manera informal, lo que nos dice mucho sobre las condiciones deficientes de sus estructuras y la localización en zonas inadecuadas (cerca de cauces de ríos, quebradas, laderas, zonas de relleno o de poco drenaje). Esta última circunstancia es compartida, incluso por urbanizaciones formales. A esto se suma el alto grado de desigualdad expresada en la falta de cobertura y calidad de servicios públicos, especialmente para los sectores más pobres.
Aunque la mesa está servida para que ocurra una tragedia en Panamá, aún estamos a tiempo para actuar. Podríamos empezar por desechar un modelo de desarrollo económico que se expresa –entre otras formas– en un crecimiento urbano desordenado, disperso, dirigido por el mercado, sin planes de ordenamiento que integren la gestión de riesgos de desastres, con escasa fiscalización y elevada permisividad en la construcción de urbanizaciones, que permite la destrucción de manglares y humedales; y que mantiene problemas estructurales de vulnerabilidad social que resulta en un modelo insostenible. Y continuar por actualizar y difundir el Plan Nacional de Gestión de Riesgos, con la mayor participación posible de organismos gubernamentales, académicos y de la sociedad civil.
Estamos en pañales en la aplicación de políticas de reducción de riesgos, además, la población tiene memoria corta respecto a la magnitud de los desastres que han afectado al país y, en general, no se tiene consciencia del riesgo. Recordemos el refrán popular que dice: “Dios es panameño”, ante todo esto solo podemos decir que, de ocurrir un evento natural desastroso, esperemos que nos agarre confesados.

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